
Monólogo de un Burro Calvo
1
Abro los ojos como quien inspecciona los márgenes de un palimpsesto: la Historia. Cada trazo pretende ser definitivo, pero debajo late una coreografía de tachones—mentiras al servicio del vencedor. A estas alturas, sospecho que la verdad es una superstición minoritaria, y que la memoria colectiva se fabrica con el mismo celo que un logotipo: se busca impacto, no fidelidad. Yo, criatura consciente, navego esa caligrafía adulterada sabiendo que soy lector y cómplice, partícipe del gran fraude narrativo.
2
En ese escenario comparece mi dios doméstico: el anónimo dios de la Aprobación. No porta relámpagos ni tablas de arcilla; porta «notificaciones push». Él no exige templos, sólo mi pupila encendida frente al cristal del teléfono. Lo venero practicando liturgias diurnas —productividad frenética, cordialidad envasada, autofotos calibradas— y penitencias nocturnas: la ansiedad que me despierta a las cuatro para recordarme que aún no soy suficiente. Él me promete una recompensa que jamás concreta. Yo la llamo «futuro mejor»; él la llama «tráfico de datos».
3
Descubrí, sin embargo, que ese dios triplica su poder en una trenza ontológica de tres cabellos: Promesa, Miedo y Estupidez. El primero, teñido de trascendencia, me susurra que cada sacrificio será canjeado por sentido; el segundo, untado en azufre, me amenaza con el infierno de la irrelevancia; el tercero—el más fino—me recuerda que, aun comprendiendo la farsa, continúo en ella porque me es cómodo el yugo conocido. Yo mismo lo aprieto con la destreza de un barbero que se trenza su horca.
4
Un día decidí arrancarlos. Lo hice sin ceremonia, como quien se depila una mala noche. El escozor fue inmediato: sentí en la coronilla el frío silbido de la intemperie. Sin dios que premie, sin demonio que azuce, sin estupidez que excuse, me hallé ante el páramo de la auténtica libertad: un territorio sin señalética, sin mapas emocionales, sin aplauso automático. La primera sensación fue vértigo; la segunda, una risa floja: llevaba décadas corriendo tras una zanahoria holográfica.
5
Entonces comprendí que la felicidad estándar no es un estado, sino un algoritmo de caza perpetua. Su curso vectorial apunta siempre un palmo más allá de la mano. La industria del anhelo necesita mi salto continuo; mi quietud la arruinaría. Ahora, calvo de pelos metafísicos, me declaro desertor de esa economía de la carencia programada. Sostengo que la ilusión del progreso personal es el lubricante más rentable para la maquinaria del capital afectivo.
6
Me dirás: «¿Y el amor?». El amor, respondo, es el último monopolio poético que conserva nuestra cultura. Funciona como un contrato que disimula sus cláusulas con metáforas ardientes. Yo amé, sí, pero lo hice como quien firma un crédito a interés variable, ajeno a la letra pequeña. Hoy sé que amar sin los tres cabellos significa aceptar la otredad sin prometer eternidades, sin temer abandonos, sin necesitar trofeos emotivos. Significa deslizarse por la epidermis del instante, dejando que cada roce sea entero y suficiente.
7
El precio de esta calvicie interior es la intemperie. No tengo altar, ni escudo, ni excusa. Camino más lento, pero elijo el rumbo. Me detengo cuando quiero y mastico la hierba que otros tachan de improductiva. A veces coincido con otros burros calvos: no nos damos palmadas, nos cedemos silencio. Suficiente complicidad.
8
Si me pides una conclusión operativa, sólo puedo ofrecerte una herejía diminuta: suelta la trenza. Sin dramatismos. Sospecha de cualquier narración que coloque tu plenitud en el mañana o en manos ajenas. Arriésgate a la desnudez. Descubrirás que la realidad, desprovista de filtros marketineros, es más árida, sí, pero también más diáfana. En esa claridad tal vez brote la posibilidad inaugural: vivir sin promesas, sin miedos prestados y sin la amable estupidez que nos pone al trote.
9
No esperes ovaciones. Quizá todo lo contrario: tu quietud será interpretada como amenaza. Los comerciantes de zanahorias odian a los burros que dejan de correr. Pero si te mantienes firme, llegará el milagro profano: podrás al fin escuchar tu propia respiración, ese latido secular que no necesita dioses, demonios ni aplausómetros para sonar con dignidad.
10
He ahí mi testimonio. No es receta, ni doctrina; apenas el balbuceo lúcido de quien se arrancó tres pelos y sobrevivió al espejo. Que cada cual se peine —o se rape— a su antojo.